Si comparamos la influencia del amor en dos mujeres enteramente
románticas -por románticas me refiero al movimiento- como son doña
Inés, en el Don Juan Tenorio de Zorrilla, y doña Elvira, en
El estudiante de Salamanca de Espronceda, la participación de
éste nos resulta muy distante entre ambas, aunque guarda cosas en
común. Las dos son víctimas de dos hombres cuyas características
principales son la altanería y el gusto por las mujeres, sin
embargo, hay dos grandes diferencias entre ellos: mientras que a don
Juan el amor de doña Inés lo aplaca y lo hace vulnerable
-recordemos el pasaje en el que don Gonzalo de Ulloa lo insulta y don
Juan pide clemencia al cielo para no luchar contra él-, el amor de
doña Elvira a Félix de Montemar le causa indiferencia, la cual
muestra sobradamente cuando el hermano de la mujer, don Diego de
Pastrana, se enfrenta a él intentando vengar el honor de su hermana:
Calma, don Diego,
que si vos os morís luego,
es tanta mi desventura,
que aún me lo habrán de achacar,
y es en vano ese despecho,
si se murió, a lo hecho, pecho,
ya no ha de resucitar.
Es precisamente este desdén y desinterés lo que mata a doña
Elvira. La mujer se nos presenta en la segunda parte de la obra, y en
dos disposiciones distintas: por un lado, abandonada y en extrema
locura (¡El corazón sin amor! / Triste páramo cubierto / con la
lava del dolor, / oscuro inmenso desierto / donde no nace una flor!)
, y por otro evocadora de un pasado mejor, seducida por las caricias
del amante (Yo las bendigo, sí, felices horas, / presentes
siempre en la memoria mía, / imágenes de amor encantadoras, / que
aún vienen a halagarme en mi agonía. / Mas ¡ay! volad, huid,
engañadoras / sombras, por siempre; mi postrero día / ha llegado:
perdón, perdón, ¡Dios mío!, / si aún gozo en recordar mi
desvarío.) la protagonista pierde la razón a causa del amor
hacia Félix, recoge flores en el río, cantando, ida. Tan sólo
recupera la razón cuando le escribe una carta a Montemar para
despedirse de él.
A pesar del amor que doña Elvira profesa, es castigada con la
muerte. Sin embargo, el lugar al que irá será el cielo (Y huyó su alma a la mansión dichosa / do los ángeles moran). No tiene la posibilidad de salvar a su amado, como es el caso de doña Inés en el Don Juan, principalmente porque Félix de Montemar se muestra más satánico aún que don Juan, y en ningún momento quiere ser partícipe de la piedad de Dios. De esta forma, es castigado a casarse con el esqueleto de la mujer que a la que rechazó y burló.

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