jueves, 5 de mayo de 2016

El amor en doña Elvira

 Si comparamos la influencia del amor en dos mujeres enteramente románticas -por románticas me refiero al movimiento- como son doña Inés, en el Don Juan Tenorio de Zorrilla, y doña Elvira, en El estudiante de Salamanca de Espronceda, la participación de éste nos resulta muy distante entre ambas, aunque guarda cosas en común. Las dos son víctimas de dos hombres cuyas características principales son la altanería y el gusto por las mujeres, sin embargo, hay dos grandes diferencias entre ellos: mientras que a don Juan el amor de doña Inés lo aplaca y lo hace vulnerable -recordemos el pasaje en el que don Gonzalo de Ulloa lo insulta y don Juan pide clemencia al cielo para no luchar contra él-, el amor de doña Elvira a Félix de Montemar le causa indiferencia, la cual muestra sobradamente cuando el hermano de la mujer, don Diego de Pastrana, se enfrenta a él intentando vengar el honor de su hermana:

Calma, don Diego,
que si vos os morís luego,
es tanta mi desventura,
que aún me lo habrán de achacar,
y es en vano ese despecho,
si se murió, a lo hecho, pecho,
ya no ha de resucitar.

Es precisamente este desdén y desinterés lo que mata a doña Elvira. La mujer se nos presenta en la segunda parte de la obra, y en dos disposiciones distintas: por un lado, abandonada y en extrema locura (¡El corazón sin amor! / Triste páramo cubierto / con la lava del dolor, / oscuro inmenso desierto / donde no nace una flor!) , y por otro evocadora de un pasado mejor, seducida por las caricias del amante (Yo las bendigo, sí, felices horas, / presentes siempre en la memoria mía, / imágenes de amor encantadoras, / que aún vienen a halagarme en mi agonía. / Mas ¡ay! volad, huid, engañadoras / sombras, por siempre; mi postrero día / ha llegado: perdón, perdón, ¡Dios mío!, / si aún gozo en recordar mi desvarío.) la protagonista pierde la razón a causa del amor hacia Félix, recoge flores en el río, cantando, ida. Tan sólo recupera la razón cuando le escribe una carta a Montemar para despedirse de él.

A pesar del amor que doña Elvira profesa, es castigada con la muerte. Sin embargo, el lugar al que irá será el cielo (Y huyó su alma a la mansión dichosa / do los ángeles moran). No tiene la posibilidad de salvar a su amado, como es el caso de doña Inés en el Don Juan, principalmente porque Félix de Montemar se muestra más satánico aún que don Juan, y en ningún momento quiere ser partícipe de la piedad de Dios. De esta forma, es castigado a casarse con el esqueleto de la mujer  que a la que rechazó y burló. 

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