La sociedad ocupa un papel fundamental en los artículos de Larra. Se
trata de un análisis basado en extraer conclusiones acerca del
comportamiento y el carácter de ésta. Ocurre así en el artículo
El castellano viejo, donde Fígaro, alter ego del
articulista, es sorprendido en plena calle por
Braulio, el cual le invita, a su pesar, a un almuerzo. Este almuerzo sirve para el análisis del comportamiento de un tipo de personas al que Larra denomina como castellano viejo: <<Mi amigo Braulio está muy lejos de pertenecer a lo que se llama gran mundo y sociedad de buen tono; pero no es tampoco un hombre de la clase inferior>>. Con esta descripción, ya Larra nos sitúa el estrato social al que pertenece este tipo de personas, para pasar más adelante a ofrecernos descripciones de su carácter: <<Es tal su patriotismo, que dará todas las lindezas del extranjero por un dedo de su país>>. Es decir, define a este tipo como un español patriótico cegado por las escasas virtudes de su país. En el artículo, Larra, con cierto aire aristocrático, nos explica la falta de buenas costumbres en estos castellanos viejos, puesto que el almuerzo está impregnado de un mal servicio de la comida y de una falta total de modales. Así nos lo describe: <<¿Hay nada más ridículo que estas gentes que quieren pasar por finas en medio de la más crasa ignorancia de los usos sociales: que para obsequiarle le obligan a usted a comer y beber por fuerza, y no le dejan medio de hacer a su gusto?>>. Y concluye: <<Sólo la costumbre de comer y servirse bien diariamente puede evitar semejantes destrozos>>.
Braulio, el cual le invita, a su pesar, a un almuerzo. Este almuerzo sirve para el análisis del comportamiento de un tipo de personas al que Larra denomina como castellano viejo: <<Mi amigo Braulio está muy lejos de pertenecer a lo que se llama gran mundo y sociedad de buen tono; pero no es tampoco un hombre de la clase inferior>>. Con esta descripción, ya Larra nos sitúa el estrato social al que pertenece este tipo de personas, para pasar más adelante a ofrecernos descripciones de su carácter: <<Es tal su patriotismo, que dará todas las lindezas del extranjero por un dedo de su país>>. Es decir, define a este tipo como un español patriótico cegado por las escasas virtudes de su país. En el artículo, Larra, con cierto aire aristocrático, nos explica la falta de buenas costumbres en estos castellanos viejos, puesto que el almuerzo está impregnado de un mal servicio de la comida y de una falta total de modales. Así nos lo describe: <<¿Hay nada más ridículo que estas gentes que quieren pasar por finas en medio de la más crasa ignorancia de los usos sociales: que para obsequiarle le obligan a usted a comer y beber por fuerza, y no le dejan medio de hacer a su gusto?>>. Y concluye: <<Sólo la costumbre de comer y servirse bien diariamente puede evitar semejantes destrozos>>.
Otro artículo de esta índole, en
el que se critican el poco recato de la gente y los buenos modos es
La diligencia. Larra
usa el espacio de una estación para actuar como observador del
comportamiento de la sociedad, algo que le sirve para hacer una
crítica al desconcierto que en ella se produce y a su vez como
crítica de la inutilidad de los carteles informativos que allí se
encuentran: <<A la entrada le llama ya a usted la
atención un pequeño aviso que advierte, pegado en un posque, que
nadie puede entrar en el establecimiento público sino los viajeros,
los mozos que traen sus fardos, los dependientes y las personas que
vienen a despedir o recibir a los viajeros; es decir, que allí sólo
puede entrar todo el mundo>>.
No sólo estos tipos sirven como
modelo de opinión para el escritor. Larra también reparte sus
análisis al comportamiento de la sociedad, haciendo hincapié en los
distintos pecados que
ésta pueda emplear. Uno de estos pecados es la brutalidad del
español. En el artículo Un reo de muerte,
Larra ofrece una honda preocupación por el sistema penitenciario
español. En él se critica la actitud morbosa de la gente ante el
paso de un preso que va a ser ajusticiado:
<< -¿Qué espera esta multitud?-diría un extranjero que desconociese las costumbres-. ¿Es un rey el que va a pasar; ese ser coronado, que es todo un espectáculo para el pueblo? ¿Es un día solemne? ¿Es una pública festividad? ¿Qué hacen ociosos esos artesanos? ¿Qué curiosea esta nación?
Nada de eso. Ese pueblo de hombres va a ver morir a un hombre.
-¿Dónde va?
-¿Quién es?
-¡Pobrecillo!
-Merecido lo tiene.
-¡Ay! si va muerto ya
-¿Va sereno?
-¡Qué entero va!
He aquí las preguntas y expresiones que se oyen sonar en derredor. Numerosos piquetes de infantería y caballería esperan en torno del patíbulo. He notado que en semejante acto siempre hay alguna corrida; el terror que el momento de la situación imprime en los ánimos causa la mitad del desorden; la otra mitad es obra de lo tropa que va aponer orden. ¡Siempre bayonetas en todas partes! ¿Cuándo veremos una sociedad sin bayonetas? ¡No se puede vivir sin instrumentos de muerte! Esto no hace por cierto el elogio de la sociedad ni del hombre.>>
Otro de los pecados a los que Larra hace referencia es la pereza de los españoles. Esta vez, no utiliza las masas sociales como modelo de crítica, sino a la burocracia española. En este artículo, un amigo de Fígaro viene desde Francia a España durante un periodo de 15 días para intentar arreglar unos papeles. Cuando Fígaro oye todo lo que su amigo pretende hacer durante ese intervalo de tiempo, le objeta sarcásticamente: <<Permitidme, monsieur Sans-délai que os convide a comer para el día en que llevéis quince meses de estancia en Madrid>>. En efecto, la demora de la gestión de los papeles es muy extensa, pues el hombre que los ha de recibir, siempre tiene algo mejor que hacer (¿sabéis que nuestro expediente se ha quedado en el aire y debe estar posado ahora como una paloma sobre algún tejado de esta activa población?), y de su secretaria siempre obtienen la misma respuesta: <<vuelva usted mañana>>, frase que le da título al artículo. Mediante este relato, Larra profundiza en el sistema burocrático de España, comparándolo con el de otros países, y critica además la pereza colectiva de la sociedad, una pereza que frena los ímpetus reformistas.
<< -¿Qué espera esta multitud?-diría un extranjero que desconociese las costumbres-. ¿Es un rey el que va a pasar; ese ser coronado, que es todo un espectáculo para el pueblo? ¿Es un día solemne? ¿Es una pública festividad? ¿Qué hacen ociosos esos artesanos? ¿Qué curiosea esta nación?
Nada de eso. Ese pueblo de hombres va a ver morir a un hombre.
-¿Dónde va?
-¿Quién es?
-¡Pobrecillo!
-Merecido lo tiene.
-¡Ay! si va muerto ya
-¿Va sereno?
-¡Qué entero va!
He aquí las preguntas y expresiones que se oyen sonar en derredor. Numerosos piquetes de infantería y caballería esperan en torno del patíbulo. He notado que en semejante acto siempre hay alguna corrida; el terror que el momento de la situación imprime en los ánimos causa la mitad del desorden; la otra mitad es obra de lo tropa que va aponer orden. ¡Siempre bayonetas en todas partes! ¿Cuándo veremos una sociedad sin bayonetas? ¡No se puede vivir sin instrumentos de muerte! Esto no hace por cierto el elogio de la sociedad ni del hombre.>>
Otro de los pecados a los que Larra hace referencia es la pereza de los españoles. Esta vez, no utiliza las masas sociales como modelo de crítica, sino a la burocracia española. En este artículo, un amigo de Fígaro viene desde Francia a España durante un periodo de 15 días para intentar arreglar unos papeles. Cuando Fígaro oye todo lo que su amigo pretende hacer durante ese intervalo de tiempo, le objeta sarcásticamente: <<Permitidme, monsieur Sans-délai que os convide a comer para el día en que llevéis quince meses de estancia en Madrid>>. En efecto, la demora de la gestión de los papeles es muy extensa, pues el hombre que los ha de recibir, siempre tiene algo mejor que hacer (¿sabéis que nuestro expediente se ha quedado en el aire y debe estar posado ahora como una paloma sobre algún tejado de esta activa población?), y de su secretaria siempre obtienen la misma respuesta: <<vuelva usted mañana>>, frase que le da título al artículo. Mediante este relato, Larra profundiza en el sistema burocrático de España, comparándolo con el de otros países, y critica además la pereza colectiva de la sociedad, una pereza que frena los ímpetus reformistas.
Otra crítica a la decadencia de los
estamentos españoles la encontramos en El día de difuntos
de 1936. Además de contener en
el inicio una crítica a la religiosidad de la gente (<<en
un país tan eminente cristiano como el nuestro>>),
el artículo se basa en una objeción a la sociedad por velar a sus
muertos cuando es la sociedad en la que viven y sus valores los que
realmente lo están:
<< -¡Necios!- decía
a los transeuntes-. ¿Os movéis para ver muertos? ¿No tenéis
espejos por ventura. ¿Ha acabado también Gómez con el azogue de
Madrid? ¡Miraos, insensatos, a vosotros mismos, y en vuestra frente
veréis vuestro propio epitafio! ¿Vais a ver a vuestros padres y a
vuestros abuelos, cuando vosotros sois los muertos? Ellos viven,
porque ellos tienen paz; ellos tienen libertad, la única posible
sobre la tierra, la que da la muerte; ellos no pagan contribuciones
que no tienen; ellos no serán alistados, ni movilizados; ellos no
son presos ni denunciados; ellos, en fin, no gimen bajo la
jurisdicción del celador del cuartel; ellos son los únicos que
gozan de la libertad de imprenta, porque ellos hablan al mundo.
Hablan en voz bien alta y que ningún jurado se atrevería a encausar
y a condenar. Ellos, en fin, no reconocen más que una ley, la
imperiosa ley de la Naturaleza que allí los puso, y ésa la
obedecen>>.
Así, Larra compara los estamentos españoles con las tumbas de los
difuntos a las que la gente va a llevar flores. Es decir, unos
valores y un estado que están completamente muertos:
<<La armería.
Leamos: Aquí yace el valor castellano, con todos sus pertrechos R.
I. P.
Los Ministerios: Aquí yace media España; murió de la otra
media.>>
En este artículo, realmente pierde la esperanza de algún cambio de
la sociedad:
<<¡Aquí yace la esperanza!!
¡Silencio, silencio!!!>>
La nochebuena de 1936,
aunque se trata de un artículo más filosófico que estos que
analizo, también sirve a Larra para crear una opinión crítica
acerca de otro de los pecados
del hombre español de la época. Se trata de la hipocresía y de la
poca humanidad de la gente. En este artículo, un escritor no
entiende esa manía de celebrar algo sólo porque se cumplen años.
De esta forma nos lo dice Larra:
<<¿Qué es un aniversario? Acaso un error de fecha. Si no se hubiera compartido el año en trescientos sesenta y cinco días, ¿qué sería de nuestro aniversario? Pero al pueblo le han dicho: <<Hay un aniversario>>, y el pueblo ha respondido: <<Pues si es un aniversario, comamos, comamos el doble>> (...) ¿Hay misterio que celebrar? <<Pues comamos>>, dice el hombre; no dice: <<Reflexionemos>>. El vientre es el encargado de cumplir con las grandes solemnidades. (...) Montones de comestibles acumulados, risas y algazara, compra y venta, sobras por todas partes y alegría.>>
Larra nos conduce a través de su temperamento pesimista por sus artículos. Tanto los mordaces dirigidos a las masas sociales, como aquellos que están encauzados a los pecados que él consideraba que le hacían mal al avance de su sociedad, sirven para desterrar los tipos y costumbres que irritan al autor. Larra censura el comportamiento del pueblo, y lamento una sociedad que lejos de seguir su ideario, se muere irremediablemente por falta de valores.
<<¿Qué es un aniversario? Acaso un error de fecha. Si no se hubiera compartido el año en trescientos sesenta y cinco días, ¿qué sería de nuestro aniversario? Pero al pueblo le han dicho: <<Hay un aniversario>>, y el pueblo ha respondido: <<Pues si es un aniversario, comamos, comamos el doble>> (...) ¿Hay misterio que celebrar? <<Pues comamos>>, dice el hombre; no dice: <<Reflexionemos>>. El vientre es el encargado de cumplir con las grandes solemnidades. (...) Montones de comestibles acumulados, risas y algazara, compra y venta, sobras por todas partes y alegría.>>
Larra nos conduce a través de su temperamento pesimista por sus artículos. Tanto los mordaces dirigidos a las masas sociales, como aquellos que están encauzados a los pecados que él consideraba que le hacían mal al avance de su sociedad, sirven para desterrar los tipos y costumbres que irritan al autor. Larra censura el comportamiento del pueblo, y lamento una sociedad que lejos de seguir su ideario, se muere irremediablemente por falta de valores.


