jueves, 12 de mayo de 2016

La sociedad y sus pecados


 La sociedad ocupa un papel fundamental en los artículos de Larra. Se trata de un análisis basado en extraer conclusiones acerca del comportamiento y el carácter de ésta. Ocurre así en el artículo El castellano viejo, donde Fígaro, alter ego del articulista, es sorprendido en plena calle por
Braulio, el cual le invita, a su pesar, a un almuerzo. Este almuerzo sirve para el análisis del comportamiento de un tipo de personas al que Larra denomina como castellano viejo: <<Mi amigo Braulio está muy lejos de pertenecer a lo que se llama gran mundo y sociedad de buen tono; pero no es tampoco un hombre de la clase inferior>>. Con esta descripción, ya Larra nos sitúa el estrato social al que pertenece este tipo de personas, para pasar más adelante a ofrecernos descripciones de su carácter: <<Es tal su patriotismo, que dará todas las lindezas del extranjero por un dedo de su país>>. Es decir, define a este tipo como un español patriótico cegado por las escasas virtudes de su país. En el artículo, Larra, con cierto aire aristocrático, nos explica la falta de buenas costumbres en estos castellanos viejos, puesto que el almuerzo está impregnado de un mal servicio de la comida y de una falta total de modales. Así nos lo describe: <<¿Hay nada más ridículo que estas gentes que quieren pasar por finas en medio de la más crasa ignorancia de los usos sociales: que para obsequiarle le obligan a usted a comer y beber por fuerza, y no le dejan medio de hacer a su gusto?>>. Y concluye: <<Sólo la costumbre de comer y servirse bien diariamente puede evitar semejantes destrozos>>.
Otro artículo de esta índole, en el que se critican el poco recato de la gente y los buenos modos es La diligencia. Larra usa el espacio de una estación para actuar como observador del comportamiento de la sociedad, algo que le sirve para hacer una crítica al desconcierto que en ella se produce y a su vez como crítica de la inutilidad de los carteles informativos que allí se encuentran: <<A la entrada le llama ya a usted la atención un pequeño aviso que advierte, pegado en un posque, que nadie puede entrar en el establecimiento público sino los viajeros, los mozos que traen sus fardos, los dependientes y las personas que vienen a despedir o recibir a los viajeros; es decir, que allí sólo puede entrar todo el mundo>>.
No sólo estos tipos sirven como modelo de opinión para el escritor. Larra también reparte sus análisis al comportamiento de la sociedad, haciendo hincapié en los distintos pecados que ésta pueda emplear. Uno de estos pecados es la brutalidad del español. En el artículo Un reo de muerte, Larra ofrece una honda preocupación por el sistema penitenciario español. En él se critica la actitud morbosa de la gente ante el paso de un preso que va a ser ajusticiado:

<< -¿Qué espera esta multitud?-diría un extranjero que desconociese las costumbres-. ¿Es un rey el que va a pasar; ese ser coronado, que es todo un espectáculo para el pueblo? ¿Es un día solemne? ¿Es una pública festividad? ¿Qué hacen ociosos esos artesanos? ¿Qué curiosea esta nación?
Nada de eso. Ese pueblo de hombres va a ver morir a un hombre. 
-¿Dónde va?
-¿Quién es?
-¡Pobrecillo!
-Merecido lo tiene. 
-¡Ay! si va muerto ya
-¿Va sereno?
-¡Qué entero va!
He aquí las preguntas y expresiones que se oyen sonar en derredor. Numerosos piquetes de infantería y caballería esperan en torno del patíbulo. He notado que en semejante acto siempre hay alguna corrida; el terror que el momento de la situación imprime en los ánimos causa la mitad del desorden; la otra mitad es obra de lo tropa que va aponer orden. ¡Siempre bayonetas en todas partes! ¿Cuándo veremos una sociedad sin bayonetas? ¡No se puede vivir sin instrumentos de muerte! Esto no hace por cierto el elogio de la sociedad ni del hombre.>>

Otro de los pecados a los que Larra hace referencia es la pereza de los españoles. Esta vez, no utiliza las masas sociales como modelo de crítica, sino a la burocracia española. En este artículo, un amigo de Fígaro viene desde Francia a España durante un periodo de 15 días para intentar arreglar unos papeles. Cuando Fígaro oye todo lo que su amigo pretende hacer durante ese intervalo de tiempo, le objeta sarcásticamente: <<Permitidme, monsieur Sans-délai que os convide a comer para el día en que llevéis quince meses de estancia en Madrid>>. En efecto, la demora de la gestión de los papeles es muy extensa, pues el hombre que los ha de recibir, siempre tiene algo mejor que hacer (¿sabéis que nuestro expediente se ha quedado en el aire y debe estar posado ahora como una paloma sobre algún tejado de esta activa población?), y de su secretaria siempre obtienen la misma respuesta: <<vuelva usted mañana>>, frase que le da título al artículo. Mediante este relato, Larra profundiza en el sistema burocrático de España, comparándolo con el de otros países, y critica además la pereza colectiva de la sociedad, una pereza que frena los ímpetus reformistas.
Otra crítica a la decadencia de los estamentos españoles la encontramos en El día de difuntos de 1936. Además de contener en el inicio una crítica a la religiosidad de la gente (<<en un país tan eminente cristiano como el nuestro>>), el artículo se basa en una objeción a la sociedad por velar a sus muertos cuando es la sociedad en la que viven y sus valores los que realmente lo están:

<< -¡Necios!- decía a los transeuntes-. ¿Os movéis para ver muertos? ¿No tenéis espejos por ventura. ¿Ha acabado también Gómez con el azogue de Madrid? ¡Miraos, insensatos, a vosotros mismos, y en vuestra frente veréis vuestro propio epitafio! ¿Vais a ver a vuestros padres y a vuestros abuelos, cuando vosotros sois los muertos? Ellos viven, porque ellos tienen paz; ellos tienen libertad, la única posible sobre la tierra, la que da la muerte; ellos no pagan contribuciones que no tienen; ellos no serán alistados, ni movilizados; ellos no son presos ni denunciados; ellos, en fin, no gimen bajo la jurisdicción del celador del cuartel; ellos son los únicos que gozan de la libertad de imprenta, porque ellos hablan al mundo. Hablan en voz bien alta y que ningún jurado se atrevería a encausar y a condenar. Ellos, en fin, no reconocen más que una ley, la imperiosa ley de la Naturaleza que allí los puso, y ésa la obedecen>>.
Así, Larra compara los estamentos españoles con las tumbas de los difuntos a las que la gente va a llevar flores. Es decir, unos valores y un estado que están completamente muertos:

<<La armería. Leamos: Aquí yace el valor castellano, con todos sus pertrechos R. I. P.
Los Ministerios: Aquí yace media España; murió de la otra media.>>

En este artículo, realmente pierde la esperanza de algún cambio de la sociedad:

<<¡Aquí yace la esperanza!!
¡Silencio, silencio!!!>>

La nochebuena de 1936, aunque se trata de un artículo más filosófico que estos que analizo, también sirve a Larra para crear una opinión crítica acerca de otro de los pecados del hombre español de la época. Se trata de la hipocresía y de la poca humanidad de la gente. En este artículo, un escritor no entiende esa manía de celebrar algo sólo porque se cumplen años. De esta forma nos lo dice Larra:

<<¿Qué es un aniversario? Acaso un error de fecha. Si no se hubiera compartido el año en trescientos sesenta y cinco días, ¿qué sería de nuestro aniversario? Pero al pueblo le han dicho: <<Hay un aniversario>>, y el pueblo ha respondido: <<Pues si es un aniversario, comamos, comamos el doble>> (...) ¿Hay misterio que celebrar? <<Pues comamos>>, dice el hombre; no dice: <<Reflexionemos>>. El vientre es el encargado de cumplir con las grandes solemnidades. (...) Montones de comestibles acumulados, risas y algazara, compra y venta, sobras por todas partes y alegría.>>

Larra nos conduce a través de su temperamento pesimista por sus artículos. Tanto los mordaces dirigidos a las masas sociales, como aquellos que están encauzados a los pecados que él consideraba que le hacían mal al avance de su sociedad, sirven para desterrar los tipos y costumbres que irritan al autor. Larra censura el comportamiento del pueblo, y lamento una sociedad que lejos de seguir su ideario, se muere irremediablemente por falta de valores. 

jueves, 5 de mayo de 2016

El amor en doña Elvira

 Si comparamos la influencia del amor en dos mujeres enteramente románticas -por románticas me refiero al movimiento- como son doña Inés, en el Don Juan Tenorio de Zorrilla, y doña Elvira, en El estudiante de Salamanca de Espronceda, la participación de éste nos resulta muy distante entre ambas, aunque guarda cosas en común. Las dos son víctimas de dos hombres cuyas características principales son la altanería y el gusto por las mujeres, sin embargo, hay dos grandes diferencias entre ellos: mientras que a don Juan el amor de doña Inés lo aplaca y lo hace vulnerable -recordemos el pasaje en el que don Gonzalo de Ulloa lo insulta y don Juan pide clemencia al cielo para no luchar contra él-, el amor de doña Elvira a Félix de Montemar le causa indiferencia, la cual muestra sobradamente cuando el hermano de la mujer, don Diego de Pastrana, se enfrenta a él intentando vengar el honor de su hermana:

Calma, don Diego,
que si vos os morís luego,
es tanta mi desventura,
que aún me lo habrán de achacar,
y es en vano ese despecho,
si se murió, a lo hecho, pecho,
ya no ha de resucitar.

Es precisamente este desdén y desinterés lo que mata a doña Elvira. La mujer se nos presenta en la segunda parte de la obra, y en dos disposiciones distintas: por un lado, abandonada y en extrema locura (¡El corazón sin amor! / Triste páramo cubierto / con la lava del dolor, / oscuro inmenso desierto / donde no nace una flor!) , y por otro evocadora de un pasado mejor, seducida por las caricias del amante (Yo las bendigo, sí, felices horas, / presentes siempre en la memoria mía, / imágenes de amor encantadoras, / que aún vienen a halagarme en mi agonía. / Mas ¡ay! volad, huid, engañadoras / sombras, por siempre; mi postrero día / ha llegado: perdón, perdón, ¡Dios mío!, / si aún gozo en recordar mi desvarío.) la protagonista pierde la razón a causa del amor hacia Félix, recoge flores en el río, cantando, ida. Tan sólo recupera la razón cuando le escribe una carta a Montemar para despedirse de él.

A pesar del amor que doña Elvira profesa, es castigada con la muerte. Sin embargo, el lugar al que irá será el cielo (Y huyó su alma a la mansión dichosa / do los ángeles moran). No tiene la posibilidad de salvar a su amado, como es el caso de doña Inés en el Don Juan, principalmente porque Félix de Montemar se muestra más satánico aún que don Juan, y en ningún momento quiere ser partícipe de la piedad de Dios. De esta forma, es castigado a casarse con el esqueleto de la mujer  que a la que rechazó y burló. 

miércoles, 4 de mayo de 2016

La salvación por amor

 El don Juan zorrillesco es un personaje pecador. Sin embargo, sus pecados habituales no son pecados contra el Espíritu Santo, sino pecados terrenales, motivados por su carácter bravucón, su engreimiento y su honor personal . De esta forma, don Juan es una antítesis notoria de la sociedad religiosa de la época. Zorrilla nos lo muestra en la obra como una persona rodeada de un aura satánica. Incluso su padre, que presencia de primera mano la apuesta que ha efectuado don Juan con don Luis Mejías, afirma el carácter diabólico de su hijo llegando a negar su paternidad y otorgándosela al diablo:

   DIEGO. No, los hijos como tú
                  son hijos de Satanás.

También doña Inés cree que su amor hacia don Juan se debe a una fuerza mayor y maligna como la del demonio:

       INÉS. Tal vez poseéis, don Juan,
un misterioso amuleto,
que a vos me atrae en secreto
como irresistible imán.
Tal vez Satán puso en vos
su vista fascinadora.

Son múltiples las referencias al carácter diabólico de don Juan que se dan en la pieza. Sin embargo, todo cambia cuando el protagonista de la obra muestra verdaderos sentimientos hacia doña Inés. Cuando rapta a la novicia, éste le declara su amor sincero, aceptado por ella, pero llegan a su aposento don Luis y don Gonzalo reclamando honor. El padre de doña Inés falta el respeto a don Juan, y ante lo que en cualquier otro lance hubiera sido motivo de lucha inmediata, don Juan esta vez suplica a su contrincante que cambie el lenguaje, porque ahora es otra persona, debido al amor que profesa por doña Inés: <<Su amor me torna en otro hombre, / regenerando mi ser, / y ella puede hacer un ángel / de quien un demonio fue>>. Como vemos, ya el espíritu de don Juan ha sufrido una primera transformación por amor, de nuevo haciéndose referencia a su carácter satánico. Sin embargo, don Gonzalo sigue en su empeño y finalmente don Juan lo mata, teniendo que huir de España.
Nos lleva Zorrilla a la segunda parte de la obra. En ésta, don Juan visita un panteón que su propio padre ha construido para honrar a las víctimas que han muerto de su mano. Antes de que suceda el desenlace final de la pieza, don Juan habla con el escultor del panteón de sí mismo en tercera persona, pues cuando aparece en escena lo hace como persona desconocida. En esta conversación, don Juan muestra signos de duda en su fe hacia Dios, debido a los acontecimientos del pasado en los que pedía clemencia al cielo para no matar a don Luis ni a don Gonzalo y no le fue concedida: <<Podéis estar convencido / de que Dios no le ha querido>>. Lo que sucede a continuación es lo siguiente: la sombra de doña Inés se le aparece y le da motivos de salvación si obra bien y deja a un lado su espíritu satánico, llegan el Capitán Centellas y Avellaneda, que se sorprenden de la actitud de don Juan. Éste, a su vez, invita a la estatua de don Gonzalo a que vaya a cenar a su casa junto a los otros dos acompañantes, la estatua se aparece y también le da la posibilidad de salvarse (Dios en su santa clemencia / te concede todavía / don Juan, hasta el nuevo día / para ordenar tu conciencia). Don Juan cuenta a sus dos acompañantes de carne y hueso, el Capitán y Avellaneda, lo ocurrido, y éstos creen ser víctimas de una broma. Heridos todos en su orgullo, se produce una lucha que mata a don Juan. Después de esto, don Juan vuelve ya como sombra al panteón, donde la estatua de don Gonzalo le persevera en la posibilidad de su salvación si tiene fe en Dios: <<Don Juan / un punto de contrición / da a un alma salvación / y en ese punto aún te la dan>>. Don Juan no cree en lo que le dicen, pero cuando ve que realmente la estatua de don Gonzalo lo coge de la mano y lo va a llevar al infierno, exclama:

     DON JUAN.   Suelta, suéltame esa mano,
que aún queda el último grano
en el reloj de mi vida.
Suéltala, que si es verdad
que un punto de contrición
da a un alma salvación
de toda una eternidad,
yo, Santo Dios, creo en Ti:
si es mi maldad inaudita,
tu piedad es infinita...
¡Señor, ten piedad de mí!

La evolución del personaje de don Juan en la obra pasa de un aura satánica basada en sus actos vandálicos y bravucones, al cambio de pensamiento por el amor a doña Inés, como ella misma afirma (los justos comprenderán / que el amor salvó a don Juan / a los pies de la sepultura). Este amor, y la presencia cercana de la muerte, lo hacen arrepentirse de sus pecados y a creer en la piedad infinita de Dios. Ese es el mensaje que Zorrilla nos pretende enviar con su obra: Dios es infinitamente misericordioso y puede perdonarnos a todos, incluso a personajes satánicos como Don Juan:

Mas es justo: quede aquí
al universo notorio
que, pues me abre el purgatorio
un punto de penitencia,
es el Dios de la clemencia,
el Dios de don Juan Tenorio.